Cueva


Introdúcete,
muy dentro, más dentro, más, más.

Observo cómo desapareces,
cómo desapareces,
dentro de mí, muy dentro de mí.

Te miro, desapareces, otra vez, vuelvo a observar,
estarás mejor allí, mejor, dentro.

Vuelves a introducirte.

Imposiciones diarias


Representaciones simbólicas,
fríos cristales de un bus,
fideos en una sopa instantánea,
agua embotellada,
vidas enlatadas
que no llenan el apetito ni la sed por Vivir.
Mordidas no caducadas y esparcidas.
Un soplo de alquitrán sobre el rostro,
la caravana del pubis emigrando hacia los dedos,
hacia el campo donde las hormigas se adentran,
donde sus caminos expanden rizomas de violáceo deseo.


Las lágrimas también se besan, queridx, los besos se colocan, se anegan dentro de la tina de estas lágrimas brotadas entre ambientes semi-oscuros y cerrados, cortinas corridas, cenizas que colorean la dermis con la ausencia de brillo lunar.

Ahora puedes introducir tu cuerpo junto al mío dentro de estas gotas lacrimales, ahora puedes besar comisuras carmesíes y descarnadas, desvanecerte conmigo en la entrada de las cicatrices que han quedado en nuestros vientres luego de rupturas umbilicales. Las vacilaciones de mi péndulo sin tic tac se hallan en aquel agujero de tu cuerpo. El deseo que se introduce en tu ombligo, el deseo próximo a sentirse cual cordón umbilical, interpenetraciones de sabores, lloviznas de olores, ceguera de contemplaciones visuales, salivazos auditivos.

10.


Menstrúo mientras escribo esto, me percibo como materia flotando, como la banda sonora sin un director de orquesta, como una bailarina ebria que se presentó al espectáculo y olvidó la coreografía pero que continuó danzando y soltando algarabías, demás insultos, contra los hombres vestidos de frac y mujeres ataviadas de pieles que costaron no sólo papeles verdes sino, también, gritos ahogados de algún animal desollado que sólo esperaba su muerte como último suspiro de vida.

Mientras escribo esto, también me siento piel desollada, arrancada de mi propio cuerpo. Me toco, me toco, me vuelvo a tocar y logro no separarme de tus latidos que, a pesar, de su lejanía el tum tum tum persiste intacto en las cavidades de mi vientre. Mi piel, lo mismo que un río sin nombre se funde en la arena, se hace sal cantarina y sus sonrisas se transforman en cascabeles que anuncian la llegada próxima de las caricias. Mi cuerpo reverdece en el transcurso de estas noches, crea telares con figuras de animales inexistentes, inexistentes en la imaginación de Ellxs, pero tan vívidos y sensibles para nosotros como la sensación de humedad entre mi vagina y tus labios.

Mi cuerpo, la tierra maltratada por los bombardeos pasados, continúa siendo espacio de lucha cotidiana. En él no se fabrican escudos, espadas, cañones ni tanques para la lucha, en él basta contemplar cómo las ramas se expanden, las flores se excitan al abrir los capullos y los troncos se ensanchan como invitación para ser guarida de conspiraciones nocturnas de sudor y saliva amorosa y, ahí, en la contemplación, observar que es esa expansión la mejor defensa bélica en la zona autónoma de cada poro de mi piel.


Confesiones Bukowskinianas.


Contigo quiero bailar Foxtrot, contigo y demás gatos al compás de danzas africanas que pueden rememorarse sobre las plantas agrietadas de nuestras pisadas, sobre nuestros dedos que inundan el viento y encima de nuestras sonrisas multicolores sin dulces químicos de por medio. Contigo quiero bailar Foxtrot.

Nueva York puede esperar,
Nueva York puede desmembrarse, Nueva Cork puede caer, sin embargo yo seguiré tarareando a Frank Sinatra, continuaré cantando en mi modo apretujado de parlar inglés:

“ New York, New York...
I wanna wake up in a city
that never sleeps
and find I'm king of the hill,
top of the heap... “

Pero sabes tú, sabes ya que yo no quiero ni Nueva York, ni la Venecia de mi amado doctor Lecter, ni siquiera las pretensiones de Rótterdam con sabor a Matías. No deseo ciudades, ni perros plateados merodeando en las calles, no quiero yo ciudades a pesar de esos antros queridos, donde he sido criada y creada, de esa costumbre plástica de muchacha under con amantes post modernistas, de esos seres que, como yo, duermen escasamente y se dopan mucho, dignos personajes novelescos de Charles Bukowski:

“…No olvides las aceras,las putas,
la traición,
el gusano en la manzana,
los bares, las cárceles,
los suicidios de los amantes. “


No anhelo yo más hormigón en mi vagina desdentada, así que Nueva York puede quedarse sólo en las melodías musicales y yo seguiré bailando Foxtrot junto a ti, contigo o sin ti, al margen de alguna playa orgiástica, cerca de aquel tipi que aúlla aún cantos Sioux para nuestras noches de mordiscos y caricias amorosas o arriándonos de besos sobre las ruinas de los castillos caídos, porque mago eres tú, maga soy yo, pues no quiero príncipes, ni quiero ser princesa, quiero darte aquellos ósculos, ósculos húmedos y de saliva ardiente porque no te quiero como vástago de rey, te quiero como sapo para que así saltes largas distancias tras los pasos felinos de parkour que suelo dar, te deseo como sapo encantado, con esa lengua bífida que anhelo tener en el no-tiempo definido sobre mi vulva hetera.

Y ahora que me he cortado la punta del dedo pulgar y que el dinero me parece trágico, me confieso sin alguna moneda en el bolsillo y sin necesidad de conseguir algo de ello, entonces camino feliz, pues sabes tú, que ando con mis zapatos de nena vagabunda por callejones orinados, escalando altas horas nocturnas y que sin monedas algunas o escasa cantidad de ellas no me arriesgo a morir por los asaltos de chupa-felinos y que si muero violada pensaré en ti mientras me destruyen las barreras de mi placer consensuado con tus dedos y tus semillas espermáticas, pensaré en ti y sonreiré como la muñeca rota que siempre he sido.

Quiero mencionar que mi felicidad no tiene precio ni se encuentra en la publicidad de Master Card, no es ni barata ni costosa, ni anda en ofertas o remates de temporada. Por ello vuelvo yo a ti, luego de desaparecer cual minino con estambres de infidelidad, mas yo te amo y eso has de recordarlo lo mismo que a mis fluidos sexuales en tus instantes de cunnilingus hacia mi cueva, hacia mis labios, hacia mis vellos indecentes, sobre tu lengua, sobre tu orgasmo y la caída de Nueva York, de yuppies agonizantes y los crackeos de sus bolsas de valores insípidos y demás conceptos hediondos que me encargo de destruir introduciendo las manos en algún pantalón policial mientras tú has de robar el arma y jugar a dispararnos ensangrentados después de haber asesinado a los autómatas que nos reprimen a diario y nos ahogan en el estanque en nuestra búsqueda de la manzana y la serpiente.

Luego iremos a correr el maratón de cuerpos, de sudores de salitre sobre cualquier superficie que pueda aguantar a nuestros ruidos onomatopéyicos, a nuestros manoseos, a olores a cachondo sonriente y a los apretones a los morros de tus labios.

Sabes tú,
soy yo la perra plateada, la perra seducida por el cinismo.

La vida ha de saber a ritmo de jazz y de baile tropical si danzas sobre mi cintura maltrecha
. La vida, quizás, no sea como el tono de La Vie en Rose mas larga vida a la vida de aquellos que disiden, a los indigentes, a los lumpen y demás lacra que habita en cloaca aburguesada o barraca miserable.


Crónicas de la Selva

Los bosques de Indonesia desaparecen.
Los orangutanes debemos mudarnos, ya no queda nada de casa. Tala, tala, tala, sigue talando, sigue cazando, ni los conservacionistas le devolverán la madre muerta al pequeño que vive en la guardería del refugio. Los bosques desaparecen, las autoridades nos dan dos áreas que nos permitan respirar ¿Nos reímos? No, no es un chiste. Establecen partes del territorio para sólo poder respirar, cuando hace miles de años lo que ahora es foresta talada antes era guarida tropical, lugar de danza y apareo.

Somos carne exótica, atracción de zoológico o de circo, mascota para el niño del empresario, del que paga por nuestra caza, por nuestro encierro. Los bosques de Indonesia se extinguen, nosotros con ellos, ya nada sabe a banana, ni a manzana, ni a alegre rayito solar. La sierra eléctrica sigue chasqueando, los árboles caen, los nidos se destrozan, los huevos se convierten en materia chafarrinada.

¡Croc. Crac
Zzzumm. Zass
Bum. Trac.
Koam!

Los orangutanes ya no dan soplidos de amor.

No te escuché al irte


Comeré dos plátanos.

He visto hace pocas horas la belleza de una mandarina acompañada aún de las hojas y ramitas verdes de las que fue arrancada, no he comerla antes de fotografiarla. Hoy también me convierto en maga sin vara y no abandono la idea de fumar un cigarro en nombre de mis amantes, además el peso me atormenta y no quiero que Ana vuelva tocar mi puerta sin cerrojo. Debo confesar en este interrogatorio policial, donde la policía soy yo misma, que esbozo una sonrisa ante mis olvidos lentos pero seguros, a veces, también yo requiero de certezas a pesar de ser un aborto de la Incertidumbre, pues ahora el Azar no me recibe cálidamente entre sus sábanas y me sentencia a buscar residuos en los botes de basura orgánica.


Además, recalco, que los gatos olvidan pronto, dejan de amar como un brote de amnesia, mas tienen el hábito de dar vueltas a las manzanas, menear el rabo frente a las ventanas de tus ojos y merodear las puertas de tu glande, sin embargo; en estos momentos los gatos desmenuzan tus recuerdos y se despojan de la arena que les dejaste en las patas la última vez que les diste sonrisas amorosas y mordiscos de cazador.

Ante tu olvido y mi resentimiento de niña engreída: los gatos ya no te quieren.

En esta confesión, he de agregar que me declaro feliz y sonriente al ser una princesa sin corona, sabes tú, que las joyas no van conmigo y que debido a mis movimientos de hembra en exorcismo hubiese perdido, de nuevo, la pesada diadema. Prefiero verte yo como rey en tu trono derruido, un rey de traje mal cosido, un dios dionisiaco que deja partir a su Afrodita luego de dejarla exhausta de sus arrebatos orgiásticos, sabes tú, que Afrodita Pandemos no pretende amor romántico menos aún promesas de fidelidad, pero ella te susurró con la espuma vaginal que dejaras de parlotear e hicieras del verbo “amar” acción y no sólo teoría embarrada, luego Eros podría abandonarle y escupirle en el viso como reproche a sus suspiros de Sonatina enamorada, ya hablaremos del asunto cuando esté lo necesariamente ebria, lo frenéticamente desnuda y me encuentre laxa sobre tu pecho.

Y bueno, pues, hoy te soñé, eso basta.

Chèri.

Los sueños de Cemí me hacen cosquillas, su saco blanco, su corbata con moño rosado y el sistema de audio 10.2 que pretende tener para desatar el frenesi musical mientras una copa con vino resplandece ante los rayos solares. Yo como grooppie underground que no necesita de grupo musical para ser un virus de la madrugada, le sonrío como gata la huérfana de melindres que soy en estos momentos.

"... aquel gato techero que busca un plato de leche tibia cerca de la alfombra y debajo de tu barbilla, sabes tú que no puedo ni quiero quitarme la costumbre de nómada repartidora de besos ferales, y pretendo romperte los vidrios de tu casa o llamarte ebria para que me consueles"

Cemí sabe que soy, por momentos, una "rubia de la cuarta fila", mas yo llevo la melena morena y desgarbada y como mientras escribo esto llevo 4 días sin bañarme podría espantar a cualquier pretendiente instigador que intente rodearme, mas esa es la intención y he dejado parte de mi vanidad de lado, a pesar de que mi frivolidad en estos asuntos sigue intacta y por ello continúo unida a Cemí de un modo sonriente y exento de obligaciones entre ambos. Soy un cuento de hadas sin zapatitos de cristal, sin príncipes azules que destiñen, además a mí la hada madrina me convirtió en novia oscura y dejó que me prostituyera, dipsomaniaca, por besos sin amor. Quizás sea Alicia sin país de las maravillas, la Alicia que convirtió a aquel gato de sonrisa burlona en pelota de balón mano contra ella misma.

¡Ay, Alicia, se te ha desteñido el pelo y se te ha corrido el maquillaje!

Mas Cemí, quiero yo que me ames en todas las formas que yo pudiese tomar, que ames cada forma, cada estado de ebriedad y somnolencia, así como amo yo tus olores de burguesía engreída, porque yo te amo, Cemí, te amo, de modo extraño, no como amo los tulipanes lejanos ni como amo a dioses insensibles de barro corrosible, yo te amo como niña melindrosa, como el infante ama los dulces y los olores a galletas caseras, como el anhelo a hacerte café y tostadas untadas de mantequilla, así, así te amo, como la pretensión que tengo yo de escurrirme debajo de tus sábanas, las que, a petición caprichosa, deseo sean blancas y con olor a lavanda.