Rocamadour, estás durmiendo o mirándote los pies.

Rocamadour, no entiendes, no entiendes aunque yo te susurre a través de las paredes que tus sueños están vigilados por policías, vigilados. Así no puedes volar, Rocamadour, te han atado los piecitos a los catres de la cama y yo me balanceo sobre el tejado de tu casa para abrir la ventana, para romper el vidrio, para que logres respirar, pero el yugo se apodera del inconciente, mom petit chou.

Y si no estás durmiendo, a lo mejor le coqueteas a las nubes que adornan el paisaje, pero ninguna te da un guiño ni un beso al viento, Rocamadour, las nubes están muertas, tal vez petrificadas, quizás sean hologramas, sí, Rocamadour ¡hologramas! La realidad es sólo el vapor de la leche con la que callan tus llantos, los besos falsos de tu madre, la sonrisa esfumada de tu padre. Y tus sueños, Rocamadour, tus sueños son proyecciones programadas en la filmoteca de mutilaciones, pero tú no deseas saberlo: los suicidas saltan a una piscina de sonriente pavimento.

Los policías viven en casa, a quemar la comisaría, a tirarse por la ventana y caer sobre el césped con los brazos abiertos, para abrazar al mundo, para plasmar sobre tu pecho los sueños más bellos y contarte los últimos cuentos sin pufos en las ramas para el árbol de tus dudas.

El mar se ha hecho vino, donde habitan quienes no llegaron a venir.
La arena saluda mi insinuaciones de llanto, pero mi corazón ya no se ahoga echado entre las sábanas, se sumerge en el mundo que vive dentro y se cobija entre las amebas de un útero que ha dejado de latir, mas no de sangrar. A veces me tomo algo de mar cuando las gaviotas se arrullan en mi piel, cuando la luna se convierte en leche fresca y yo en cachorro hambriento; para que luego mis retinas escurran el agua bebida al deletrear recuerdos de mis pequeñas vidas, las que se ahogaron en mi llanto, en mi savia blanca podrida y en el deshielo de los icebergs de mis dientes.

A la vuelta de la esquina: Lejanía

Viaje al polvo de las estrellas,
un puñado de sonrisas negadas te atacan de golpe,
él te golpea con abrazos hechos a tu medida,
y aún de nuestras espaldas brotan peces y sirenas.

No sueltas las amarras,
siguen atados los caballos.
¿Dónde y cuándo se alimenta a sí misma la vida?
Por ahora de tus pechos la leche se encuentra ida.

Me niego la risa,
y ella se rehúsa a ir.
¿Qué haremos si mañana no es sólo un adverbio de tiempo?
Él ha de continuar soñando debajo de tus senos,
y entre tus muslos ha de tatuar truenos.

No, nada de lo dicho es cierto
y ella con lágrimas se pinta el cuerpo
pues no vuelan ya canciones,
la genética es la nueva lucha de clases
entre mis telarañas que soplan desaciertos.

Aparición incompleta

Tengo niños sueltos en la garganta,
que me caminan en los huecos de la lengua.

Tengo niños que se esconden entre mis dientes,
que hacen sonreír a mis encías al estornudar sobre mis sienes.

La gioia de Gioia

Y es que corro, corro y me dirijo a ningún destino.
Caigo de bruces, y la cara manchada la he tenido ya, y manchada quiero seguir teniéndola, porque pulcra no quiero ser y mis manchas contienen a todas las iniciales de los nombres por los que corro, a quienes amo.

¿Y si vuelvo a caer?
La costumbre no he perdido de lanzarme a los abismos del delirio y aterrizar forzosamente en los hoyos del profundo vacío, pero nada ni nadie me arrebata la adrenalina deslizándose como esperma entre una vagina.

¿Y si continúo dudando, si continúo temiendo?
Entonces seguiré corriendo, corriendo con los ojos cerrados mientras el viento me susurra alientos de amor, mientras la hierba me despoja de la ropa que me ultraja el cuerpo, mientras ellos ríen, ríen y ríen hasta que las encías sangren pensando en que ¡Oh, maravilla, los muertos de este cementerio han empezado a correr!.
Y al diablo la mugre que cubre las plantas de mis pies si ando descalza por la vía, son la tierra y la hierba las que me protegen del concreto y de filamentos vidriosos del último carro que dejó agonizando lo que una vez fue vida.

Y dime, ¿qué ocurrirá luego, Vincent, qué ocurrirá?
Iremos, como hemos conspirado, a bañar con gasolina a cada pasajero de las carrozas mortuorias que transitan por estos lugares para después hacer chispas chocando nuestros vientres, contorneando nuestras lenguas, apretujándonos los huesos como solíamos hacerlo, porque es preferible que vivan siendo llamas fogosas a cadáveres hediondos.

Extraño a las vidas que he perdido, y es que aún siento el quejido ante la muerte; echo de menos a quienes han emprendido vuelo hacia otras bandadas, y aunque tema a las alturas y todavía continúe cubriéndome los ojos al cruzar los puentes peatonales pues la estrepitosa rapidez de los faros automovilísticos me causan náuseas; voy a volar, a planear chocarme contra peñascos no para morir sino para darme un chapuzón para correr nadando con los peces del mar.

Y seguir corriendo, seguir corriendo.

Carta subliminal por la rejilla de tu puerta

Me convertí en cenizas, antes incienso de preocupaciones, luego, un cúmulo que nadie habría de barrer… ¿por qué? afuera continuaba la dermis íntegra, por dentro sucedía que todo, que cada pequeño órgano, que cada plaqueta de mi sangre, que cada neurona se reducía a cenizas y nieve.

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Nostalgia hormonal; a pesar de la propia voluntad de un espéculo vaginal. La llama de las pupilas se apagaron por momentos y toda yo me deshice en una estructura sin motor.


Volaron pájaros de mi cabeza.

La asquerosidad que me produce tener que pagar por vivir fue duplicada por el tener que pagar para expulsar. La frialdad de uno de los co protagonistas de esta trama, de aquel teatro aséptico es, también, especular a la efigie de una fábrica: entrar, salir, mecanización de lo humano, rapidez, efectividad, productividad. Y yo, y ambos fuimos las manos que llenaron los bolsillos al ayo de la baila

El dolor físico es pasajero, sobre llevable, pero el que habita en las entrañas al no ser conocido ni compartido es tener al policía dándote con el garrote en las cavidades internas del ser.

La autoridad se posa sobre mí, cual Adán dominante quien le negó a Lilith observar el atardecer horizontal, mas acentuó el peso en aquellos momentos. Cual criminal huyendo, yo temía el ser descubierta, el ser transparente ante quienes habitan entre los mismos barrotes de esta jaula.

Prejuicios

Moralina religiosa desde la matriz de donde provengo.
Vejación a la inmundicia constitucional desde los espermas que viajaron hacia esa matriz hace 19 años.

Ese millón de cosas que se piensan a solas, murmullos de un mar agitado. Llorar y saber el por qué perfectamente bien.


Vacuidad

Vacío, ausencia del caos que me impulsaba a ser cual Juan Salvador Gaviota, ave que se aleja de la bandada para emprender el vuelo de las alas hacia la fluidez de aquel desconocido camino llamado quimera, inmadurez juvenil pronosticada por la Adultocracia que ya ha de ser curada con el transitar del tiempo: vivir con los sueños y no sólo de comida.

Inmadurez, ausencia de podredumbre en las frutillas que un día jugaron en las aceras e hicieron dibujos coloridos en los exámenes escolares antes que bastos numerales suicidas que indicaban la ilusión del futuro asegurado (en la muerte).

Me niego a crecer,
me niego a crecer, aunque ya la autoridad de los padres y maestros haya sido reemplazada por un código numérico que permite al látigo de la ley ejecutar el castigo si nos alejamos de la fila al matadero, del canon establecido, del ya labrado y llorado camino.

Carta abandonada en la entrada de tu bar


He trozado en pedazos infinitos a mi cuerpo, a cada partícula de mis huesos; cada protouniverso de mis carnes se ha diluido en esta voz entrecortada a través de una línea telefónica. La cotidianidad de esta realidad, totalmente palpable, sólo deja aberturas por donde escapan los oásis, mas no mi sed por ellos. Pero entre aquellos huecos dérmicos te introduces, tú, en cada espasmo de mi vientre, en el oxígeno de las lágrimas sobre tus manos. En cada pequeña muerte, en el descenso a la brasa caústica de los círculos cómicos, vislumbro, difusamente, la presencia de tu aliento.

Cada día la vacuidad de mis manos se hace tan honda y oscura como el plumaje alicaído de la ida del cuervo. Por hoy no pretendo ser más que una guitarra sin cuerdas en contraste con la fuerza de absorción de una otrora supernova. Visible contradicción, o, a lo mejor, razonable consecuencia de mi temperamento vestido de agujero negro: consumir al propio cuerpo habitante, invitarse a la fiesta de la perdición de donde no se asegura el retorno. Sin embargo; entre mis venas y las tuyas sólo existe una escalera de caracol, el túnel en el que continúan transitando tanto Castel como Iribarne, la visión especular de mi desasosiego entrelazada a la quietud de mi llanto y de mi rencor, tropiezo en el camino donde me he consumido hasta existir.

No me es posible sentir algo más que frío a pesar de los soles que alumbran los ventanales de cada boca besada. Debe ser el hábito descomedido, licor añejado en los cubículos de cada peldaño de esa escalera, el que me ha convertido en la espectadora de nuestro resplandor detrás del humo de cada cigarro, este fulgor que alimenta la casa de cuervos que se ha apoderado de los arrecifes de la matriz, y de la propia hembra.

Inventores de mareas que han deshojado las catástrofes entretejidas por dos infantes, por dos besos corrosivos que se mantienen incolúmenes; piratas, navegantes en mares narcóticos, caminantes en éxodo constante sobre las arenas de nuestros cuerpos. Criaturas abortadas, gritos silenciosos debajo de las almohadas, fetos que perviven en el llanto ahogado de las frustraciones y leche seca en el seno anhelante por ser lactado.

Seamos, ad infinítum, seamos ser, seamos deseo o anulación de un positivismo lógico y el regazo donde tenderse cuando los brazos recorridos se están enfriando.
a M.